03
Ago
09

La espera


Cambiando de tercio, os traigo un relato recibido del otro lado del Atlántico.

Su autora, una amiga mía: Daniela García. Hablando con ella por el messenger, le dije que tenía un blog. Enseguida pensé en publicar uno de sus relatos. Aceptó.

Sin más dilación, os dejo el primer relato que leí: La espera.  Espero que os guste. Namaste.

 La espera

Hay una premisa que es indiscutible: Cuando uno llega a una cola es, siempre e indefectiblemente, el último. También dicen que si uno se para el suficiente tiempo en un lugar, la gente empezará a formar detrás suyo, y creo que éste ha de haber sido el caso en un pueblo en donde la gente es perezosa porque no hay nada que hacer.

Cuando llegué, la fila se perdía indefinidamente en una niebla espesa sobre el horizonte.

Qué había al principio o cuántas personas estaban ahí era incierto. Eran tantos como arena hay en la playa que cobija la espuma salada y el rango de visión alcanzaba a contar unos cientos nada más.

Es curioso que en estas situaciones y en un lugar en donde hay aproximadamente 5000 habitantes uno no conozca, nunca, a absolutamente nadie; quizás por eso son tan enojosas las esperas.

Únicamente niebla y gente, ni sol ni estrellas, ni árboles ni casas, sólo la bruma que cubría las ansiedades.

Los más previsores habían llevado consigo botellas de jugo y abanicos para mitigar la opresión de la atmósfera pues nunca se sabe cuánto pueden demorar estas cosas; pero antes de que el péndulo marcara otra hora, ya habían surgido de los confines de la tierra, los vendedores ambulantes que circulaban entre la fila y el gris inquebrantable. Algunos, más equipados, incluso ofrecían bolsas de dormir, pero aún era temprano y pocos se aventuraron a la compra. 

Para la hora del té ya había tanta gente atrás mío como adelante y los extremos de la cadena de eslabones humanos se perdían en ambos horizontes.

Adelante, una señora mayor de ojos saltones buscaba con quien entablar conversación, y el que adivino era su marido no parecía en absoluto interesado. Cuando anticipé su intención de voltear 90 grados la cabeza enrulada en busca de aprobación, giré sobre mi eje y observé al tipejo de atrás.

No sé por qué los ancianos, o más específicamente las mujeres ancianas, no pueden controlar el impulso de divagar sobre sus vidas y pesares con completos extraños.

Cuando la última claridad que se filtraba por el áspero manto de niebla se difuminó, me había enorgullecido por descubrir que, cada exactamente 32 segundos, avanzábamos un paso, y me jactaba del descubrimiento con todo el que estuviera alrededor.

El marido de la charlatana de ojos saltones – me las arreglé para evadirla solamente 17 minutos – se mostró complacido con la precisión del comentario y nos entretuvimos largo rato comprobando la veracidad de mi afirmación.

  • Efectivamente, 32 segundos, un paso. Dijo.

  • Una coordinación maravillosa, qué burocracia tan esplendorosamente ordenada. Nunca vi algo así, si me preguntan a mí. Acotó ella.

Claro está, nadie se lo había preguntado. El hombre gruñó y desplegó un periódico de importantes dimensiones que había adquirido del vendedor que correspondía a nuestro tramo porque, a las 8 de la noche, todo estaba rigurosamente dispuesto.

  • No podés leer sin luz. Dijo la señora porque parecía físicamente incapaz de contener la fastidiosa verborrea emanante de sus labios finos.

  Ni ellos, el grupo de adelante, ni nosotros, los del medio, sabíamos con certeza lo que había más allá, donde la fila empezaba, pero corrían rumores de que la hilera llegaba hasta la capital del país – a unos 200 Km. – y que había algo esplendoroso, y regalos. La mujer, que aprendí a fuerza de repetición se llamaba Marta, juraba que no podía haber tanta gente sin regalos. 

  

La espera exige paciencia...

La espera exige paciencia...

Cenamos sándwiches de pollo y luego nos turnamos para dormir en tienditas improvisadas al lado del camino humano. Grupos de a cuatro, tres horas, calculando a cuánta distancia encontrarían a los compañeros. Era una suerte que Juan, 5 lugares atrás, fuera profesor de matemáticas. Los noctámbulos, incluyéndome, nos ocupamos de cazar comentarios errático para convidarlos al resto.

 

Al llegar el día, idéntico a su predecesor, María, tres lugares adelante, tuvo un ataque de pánico por la espera y aunque encontramos un médico a varias decenas de pasos, la chica dijo que la situación era insostenible y se dio a la fuga. Una parte de todos se marchó con ella.

Había quienes aseguraban que habían estado allí una semana, uno incluso dijo que un hombre, que no se veía desde donde estábamos, había muerto de inanición en la espera porque se había olvidado la billetera.

Con el avance del día, los ánimos decayeron y varios proponían marcharnos, pero luego de tanto tiempo, pocos se atrevían a ceder el lugar.

Fue entonces que noté que adelante, había como mucho, 20 personas y cientos atrás, constantes.

Hay una escalera” resonó sordo el ruido de las palabras que Marta traía luego de haberse ausentado por una hora – probablemente por socializar con cuanta cosa con boca y ojos hubiera incurrido en el error de mirarla.

  • Es mecánica. Agregó; y al dato le siguieron 15 minutos de halagos al gobierno, al dios de las escaleras mecánicas y a reflexiones sobre la falta de escalones en época de guerra.

640 segundos después, y claro, 20 pasos, me permitieron ver a lo lejos la escalera de plata irguiéndose colosal y perdiéndose en las nubes.

En el lugar que tanto esperábamos, el principio de todo, no había nadie: sólo los escalones y un cartel que cada 32 segundos exactos se iluminaba con la intimidante orden “suba”.

Marta le rogó al marido ir primero con insistencia innecesaria porque él dijo que sí y sin oponerse ni un instante, suponiendo tal vez y erradamente que de esa forma se ahorraría los 5 minutos de súplicas ininterrumpidas…

Subió él y yo aguardé con más desesperación que paciencia a que se encendiera el cartel que supondría el fin de la espera.

Puse el pie izquierdo primero – por costumbre- y comencé a ascender.

96 segundos después, la escalera seguía su marcha y el esposo de Marta (nunca supe su nombre) se veía más arriba o adelante, porque la escalera no era tan empinada como las regulares ni lo era tan poco como una rampa.

Tieso giró con los ojos que se adivinaban húmedos y con la voz tan fuerte como trémula gritó:

  • No hay nada arriba.

32 segundos más tarde lo comprendí. Llegó al tope de una escalera titánica que no iba a ningún lado; intentó retroceder pero a medida que se avanzaba el escalón se movía furiosamente al fin.

Me miró, se sacó el sombrero con un guiño y luego cayó a la nada; y el gris, la niebla y el tiempo lo devoraron.

Espantada intenté descender pero no pude: 32 segundos se escaparon entre los dedos hasta ver el último escalón a una muerte segura. “Pobre Marta”, pensé.

  

 

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2 Responses to “La espera”


  1. 1 Isi
    05/08/2009 en 11:56

    Qué incertidumbre, qué desasosiego, y qué inevitable decepción al vislumbrar el final de la escalera…

    Me ha gustado, aunque no sé si lo he entendido bien (los relatos no se me dan bien)

  2. 05/08/2009 en 17:40

    hummmmm
    gruñido
    gruñido pensante
    no está mal, tiene un punto, pero yo le daría una vueltecita, haría más ligero el relato, menos adjetivos, hay algunos innecesarios bajo mi punto de vista. El tono del final me gusta más que el del principio.
    Y desde luego el final nos lleva de cabeza al romanticismo… yo lo hubiera acabado con un giro irónico, algo asi como que la escalera te lleva al final de la fila…


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