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La montaña mágica, Thomas Mann


Cuando un lector se plantea acercarse a los grandes títulos de la literatura, hay novelas que han de aparecer obligatoriamente. Ésta es una de ellas.

_DSC1437En esta ocasión, para mí era inevitable sentir una especie de vértigo al contemplar tamaña obra: cuantitativamente, dado que se trata de un libro que supera las mil páginas, pero también cualitativamente, por lo complejo que se antoja el mundo de Mann.

Fueron varias personas las que me recomendaron cogerlo con paciencia, leer poco a poco, y precisamente eso hice. Mi método de lectura fue el de leer un capítulo y después alternarlo con otra novela más liviana. Teniendo en cuenta que La montaña mágica sólo tiene 7 capítulos no parece una idea demasiado descabellada, además de que las subdivisiones dentro de cada capítulo son muy variables, algunas sólo una decena de páginas y otras 80.

Por si fuera poco, el estilo del autor, las reflexiones, la complejidad de las ideas que describe, consigue que el avance en la novela sea leo. Como muestra os dejo un fragmento de las primeras páginas.

El individuo puede tener presente toda clase de objetivos personales, de fines, de esperanzas, de perspectivas, de los cuales extrae la energía para los grandes esfuerzos y actividades; ahora bien, cuando lo impersonal que le rodea, cuando la época misma, a pesar de su agitación, en el fondo está falta de objetivos y de esperanzas, cuando ésta se le revela como una época sin esperanzas, sin perspectivas y sin rumbo, y cuando la pregunta sobre el sentido último, inmediato y más que personal de todos esos esfuerzos y actividades- pregunta planteada de manera consciente o inconsciente, pero planteada, al fin y al cabo-, no encuentra otra respuesta que el silencio del vacío, resultará inevitable que, precisamente a los individuos más rectos, esta circunstancia conlleve cierto efecto paralizante que, por vía de lo espiritual y moral, se extienda sobre todo a la parte física y orgánica del individuo. Para estar dispuesto a realizar un esfuerzo considerable que rebase la medida de lo que comúnmente se practica, aunque la época no pueda dar una respuesta satisfactoria, aunque la época a la pregunta “¿para qué?”, se requiere bien una independencia y una pureza moral que son raras y propias de una naturaleza heroica, o bien una particular fortaleza de carácter. Hans Castorp no poseía ni lo uno ni lo otro, y no era, por tanto, más que un hombre mediocre, eso sí, en uno de los sentidos más honrosos del término.

Página 51

Efectivamente: Hans Castorp es nuestro protagonista. Un joven que llega al sanatorio de las montañas en el que se sitúa la historia a visitar a su primo, que se cura de una dolencia. Lo que en principio iban a ser unas pocas semanas tomadas como vacaciones se convierten en una estancia mucho más larga. Desde este momento se acostumbrará a la vida pausada de los internos, establecerá relaciones con ellos y hasta se enamorará.

Aconstumbrándonos al estilo pausado y al lento devenir de los acontecimientos (entre menús de desayunos, café al mediodía, comida, merienda y cena), a las recomendaciones de los doctores respecto al reposo, y a más y más comida, en uno de los momentos culminantes de la obra se oye un alarido. Es el mío.

Resulta que la editorial Edhasa en su edición Diamante de 2006 decidió que no hacía falta traducir un diálogo en francés. Ya había comprobado que no traducían nada, pero bueno, si son un par de frases me puedo defender, que tampoco es ruso. Pues no. Llegados a este punto, de la página 486 a la 497 el diálogo transcurre la mitad en francés: esto es, Hans continua en español y Clavdia lo hace en francés. La que más habla en ella, claro.

¿Qué es el tiempo? Un misterio omnipotente y sin realidad propia. Es una condición del mundo de los fenómenos, un movimiento mezclado y unido a la existencia de los cuerpos en el espacio y a su movimiento. Pero ¿acaso no habría tiempo si no hubiese movimiento? ¿Habría movimiento si no hubiese tiempo? ¡Es inútil preguntar! ¿Es el tiempo una función del espacio? ¿O es lo contrario? ¿Son ambos una misma cosa? ¡Es inútil continuar preguntando! El tiempo es activo, posee una naturaleza verbal, es “productivo”. ¿Y qué produce? Produce el cambio. El ahora no es el entonces, el aquí no es el allí, pues entre ambas cosas existe siempre el movimiento. Pero como el movimiento por el cual se mide el tiempo es circular y se cierra sobre sí mismo, ese movimiento y ese cambio se podrían calificar perfectamente de reposo e inmovilidad. El entonces se repite sin cesar en el ahora, y el allá se repite en el aquí.

Página 498.

Tras este suceso, decidí dejar el libro, hojeé unas cuantas páginas más adelante pero decidí que no iba a seguir leyéndolo. Reconozco el portento de Mann, me quito el sombrero ante su escritura, cómo une frases, cómo continúa enlazando temas, como si todo eso fuera fácil. Pero ante tanto maremágnum no pude evitar marearme, y la puntilla que me hizo acabar como una piltrafa fue la edición y su fallo infinito. Así que decidí que no era para mí. Me quito el sombrero ante todos vosotros que lo habéis leído, porque a mí se me ha hecho una carrera de obstáculos en la que parecía que no avanzaba.

Lo asumo: La montaña mágica ha podido conmigo.

Supongo que lo volveré a intentar en un futuro. No sé. Eso ya se lo dejo al tiempo.

FICHA:

Te gustará si te gustó
Pros
  • Mann es un genio: brutal la cantidad de fragmentos a destacar.
  • El retrato de la sociedad de la época.
Contras
  • Lectura ardua y compleja.
  • Fallo en la edición de Edhasa que malogra la lectura.

Namaste.


3 Responses to “La montaña mágica, Thomas Mann”


  1. 27/01/2016 a las 00:04

    Pues es una pena. La guerra Nafta Settembribi es de lo mejor, y el desenlace de su guerra asombroso. A mí también me molestó esta parte francesa no traducida. No entiendo esa postura.
    Tendrás que volver algún día, sí,

  2. 27/01/2016 a las 21:01

    Yo lo leí enterito hace unos años, reconozco que me costó horrores, es complicado de leer, pero entre mi manía de no dejar ningún libro sin terminar (por poco me da un síncope leyendo “Cinco horas con Mario”) y que me causaba intriga acabé con èl antes de que él acabara conmigo. De vez en cuando hasta lo recuerdo con cariño.

  3. 28/01/2016 a las 20:36

    Yo, ni me atrevo. Eso sí, recomiendo Los Brudenbrok, y eso que ahora mismo no me acuerdo de cómo se escribe.

    En serio, a su lado, te parecerá de lo más ligero y de verdad que es un libro bueno-buenísimo, y muchíiiiiiisimo más liviano. Sobre todo si lo acompañas con un poco de pan francés (guiño literario).


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