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Trilogía de la memoria (III): El mago de Viena, Sergio Pitol


Hoy os traigo la tercera parada de la Trilogía de la memoria de Sergio Pitol, tras El arte de la fuga y El viaje.

Trilogía-de-la-memoria

El mago de Viena es el más literario de los tres, el que más reflexiona sobre el acto de leer y la literatura en general. Uno de esos libros sobre libros que nos encanta a los lectores, donde además de llevarnos un montón de títulos y autores apuntados, leemos cosas como ésta:

De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro, dice Borges.

(…)

El libro realiza una multitud de tareas, algunas soberbias, otras deporables; distribuye conocimientos y miserias, ilumina y engaña, libera y manipula, enlatece y rebaja, creaca o cancela opciones de vida. Sin él, evidentemente, ninguna cultura sería posible. Desaparecería la historia y nuestro futuro se cubriría de nubarrones siniestros. Quienes odian los libros también odian la vida. Por imponentes que sean los escritos del odio, en su mayoría la letra impresa hace inclinar la balnza hacia la luz y la generosidad. Don Quijote triunfará siempre sobre Mein Kampf.

Página 454.

O ésta:

Releer a un gran autor nos enseña todo lo que hemos perdido la vez que lo descubrimos. ¿Quién no se ha sentido traspasado al leer en la adolescencia El proceso, Los hermanos Karamazov, El Aleph, Residencia en la tierra, Las ilusiones perdidas, Grandes esperanzas, Al faro, La Celestina o El Quijote? Un mundo nuevo se abría ante nosotros. Cerrábamos el libro aturdidos, internamente transformados, odiando la cotidianidad de nuestras vidas. Éramos otros, querríamos ser Aliocha y temíamos acabar como el pobre Gregorio Samsa. Y sin embargo, años después, al revisitar alguna de esas obras nos parecía no haberlo leído, nos encontrábamos con otros enigmas, otra cadencia, otros prodigios. Era otro libro.

Páginas 464-465.

El autor mexicano profundiza además en la relación lector-autor, esa fijación que sentimos los lectores por determinados escritores. En este caso, él reinvidica de esta forma la obra de Eudora Welty:

LA AUTÉNTICA LECTURA, LA RELECTURA. Nadie lee de la misma manera. Me abochorna enunciar semejante trivialidad, pero no desisto: la diversa formación cultural, la especialización, las tradiciones, las modas académicas, el temperamento personal, sobre todo, pueden decidir que un libro produzca impresiones distintas en lectores diferentes. Acabo de leer Las manzanas doradas, de Eudora Welty, una excepcional narradora del Sur de los Estados Unidos a quien admiro desde hace muchos años. La leo y releo con la mayor atención; en sus narraciones las cosas parecen muy sencillas, son insignificancias de la vida cotidiana o momentos terribles que parecen anodinos; sus personajes son excéntricos y al mismo tiempo muy modestos, como lo es el entorno. Uno podría pensar que estarían desesperados en el minúsculo espacio que habitan, pero es posible que ni siquiera hayan reparado en que fuera de su pueblo existiera otro mundo. Son auténticamente “raros”, provincianos, sí, pero no es una literatura costumbrista; de ningún modo se comportan como una manada. Otra notable escritora del Sur, Katherine Ann Porter, señaló en alguna ocasión que los personajes de Eudora Welty eran figuras encantadas que, para bien o para mal, están rodeadas de un aura de magia. Me parece una definición perfecta. En sus páginas esos pequeños monstruos humanos jamás aparecen como caricaturas sino que están retratados con normalidad y dignidad.

He comentado en varias ocasiones con amigos escritores las virtudes de esta dama; la conocen poco, no les interesa; dicen haber leído algún que otro cuento suyo que recuerdan mal. Están en lo cierto cuando de inmediato, como a la defensiva, afirman que carece de la grandeza de William Faulkner, su célebre coterráneo y contemporáneo, cuyas tramas y lenguajes han sido parangonados tantas veces con las historias y el lenguaje de la Biblia. Los libros de la señorita Welty distan de ser eso, es más, son su revés: un desfile de presencias diminutas, queribles, trágicogrotescas, que se mueven como marionetas trepidantes en alguna mínima ciudad hundida en un sueño divertido y al mismo tiempo cruel, de Mississippi, Georgia o Alabama durante los años treinta o cuarenta del siglo XX. Los lectores de esta autora no son legión. Para los elegidos —y en casi todos los lugares donde he vivido he encontrado a algunos de ellos—, leerla, hablar de ella, recordar personajes o detalles de alguno de sus relatos equivale a un perfecto regalo. Esos lectores por lo general están vitalmente relacionados con el oficio literario, son curiosos, intuitivos, civilizados, están dispersos por el amplio mundo, encerrados igualmente en torres de marfil, en mansiones palaciegas o en inclementes cuartos de alquiler.

Páginas 462-463

Por último, el proceso de escritura, los dejes, manías y referencias de un escritor, en este caso, de él mismo:

Escribo un diario. Lo inicié hace treinta y cinco años, en Belgrado. Es mi cantera, mi almacén, mi alcancía. De sus páginas se alimentan vorazmente mis novelas; desde hace un año lo he desatendido demasiado; las entradas han sido mínimas: unos pocos renglones que señalan el fallecimiento de algún ser querido, desde luego mi hermano, también Sacho, mi perro, y otros amigos más. Escribir un diario es establecer un diálogo con uno mismo y un conducto adecuado para eliminar toxinas venenosas. Quizás el abandono al que aludo se debe a que ese diálogo indispensable se ha trasladado a mis últimos libros, casi todos con un fuerte sedimento autobiográfico; siempre ha estado presente en mis novelas, primero furtiva, luego descaradamente ha llegado a permear hasta mis ensayos literarios. En fin, en cualquier tema sobre el que escribo logro introducir mi presencia, me entrometo en el asunto, relato anécdotas que a veces ni siquiera vienen al caso, transcribo trozos de viejas conversaciones mantenidas no sólo con personajes deslumbrantes sino también con gente miserable, esa que pasa las noches en estaciones de ferrocarril para dormitar o conversar hasta la madrugada.

Página 516

Éste es uno de esos libros que quedan plagados de anotaciones tras su lectura, uno de esos libros que nos agitan como un terremoto y nos cambian nuestra perspectiva en muchos aspectos. Un libro que nos recomienda muchas otras lecturas, otros autores, otros caminos por tomar. De esos que acabas con una lágrima en el ojo al terminar.

No puedo sino agradecer al destino haber entrado a ese vagón de metro en concreto y leer el fragmento que me ha llevado a un libro espectacular, que me ha dado muchas alegrías y que (creo) me seguirá dando otras tantas en el futuro.

FICHA:

Te gustará si te gustó

Pros

  • Las múltiples referencias literarias.
  • Cómo hila unos temas con otros y va analizándolos.

Contras

  • Hay que leerlo despacio  y poco a poco.

Namaste.


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